Feria de la Cachapa de Onoto
Feria de la Cachapa de Onoto

Feria de la Cachapa de Onoto Premios
Feria de la Cachapa de Onoto-Vistas
Entre esas historias de vida corriente

(Agosto 2008)
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Era una de esas tardes de reunión familiar en casa de los López Trocelt en Caracas, curtida de muchas parrafadas, exquisiteces y bebidas aromáticas, cuando de repente llamó Isidro Troncoso, personaje muy conocido por sus dotes de buen diente y hedonista, para alertar que ya estaban casi listas las cosechas del maíz de ese año 2008, las cuales prometían una buena zafra del cereal dorado, que sería la delicia de grandes y chicos en la venidera época vacacional.

El hacendado productor de carne y sembradíos hacía extensiva la invitación, para celebrar en su finca una buena jornada de molienda y budare, a fin de degustar las apetecidas tortas redondas, provenientes del mágico grano, que encierra toda una tradición desde los tiempos precolombinos.

Inmediatamente el tema se centró en la preparación y el tiempo del viaje, para honrar tan apetitosa convocatoria, que prometía convertirse no en una fiesta más, de las tantas que se han celebrado en ese pueblo llamado Onoto, ubicado por allá por el cajón que baña el río Unare, en los llamados llanos orientales de Anzoátegui, sino en un convite que dejara su estela entre las historias no contadas de vida corriente.

Y no era para menos. Iván (Iva) el mayor de los conjurados tardecinos habló y coordinó con Federico (Fede) de arrimar unas frías y otros licores exquisitos de años de envejecimiento, Miguel (Miki) se atrevió a proponer que debían ubicarse unos quesos de buena calidad, para acompañar las multisápidas, William (Wila) se centró en el acompañamiento musical al lado de Héctor Medina y su decena de sujetos comediantes, mientras Graciela la Jefa Mayor ya precisaba los complementos de viandas, utensilios y otros menesteres que harían falta para tan azarosa ocasión.

Marisela (Mary) muy callada ella, maquinaba que esto debía convertirse en un festejo por todo lo alto, a lo cual tuvo la osadía de ponerle La Feria de la Cachapa, a fin de darle más que una denominación, una institucionalidad o formalidad para el evento, para el cual se le fijó la fecha de la última semana de agosto.

El tiempo fue mudo testigo de los planes, preparativos y lista de invitados, como si fuera la propia conmemoración del día nacional. Se localizaron a los aliados de siempre. Enerio Trocelt se encargaría de los quesos, Joselo Velázquez llevaría sobre sus hombros la dotación de cavas y hielo, Carlos Espinoza (Taro Macho) tendría la responsabilidad de enderezar los entuertos que podrían presentarse, y finalmente Isidro Troncoso, al lado de su esposa la juriconsulta Noris Trocelt y su carnal Miledis Trocelt, se dedicarían a embellecer el ambiente, donde se llevaría a cabo el ejercicio previsto para tan magna fecha.

No faltó quien opinara, que eso sería todo un acontecimiento que debería quedar para el recuerdo, por lo que cada quien asumió su propio cometido de cargar con grabadoras, cámaras, videograbadoras, flashes por si acaso, y todo lo que de alguna manera sonara a guardar, aunque fuera un resquicio de tan particular ágape.

Y llegó el día previsto, cayendo el sábado 30 de agosto con un sol implacable, de esos que quiebran el terrón de los “ojociegos” de las sábanas. Allí en medio de la arena arcillosa azafranada, con el olor a humo de leña seca y bosta de ganado, se irradió el propio escenario campestre que dio inició al convite.

No faltaron los convidados de última hora, panas que se plegaron al jolgorio y hasta el señor alcalde “Marcanito”, que ya tenía su período en extinción, y a quien no le faltaron reclamos de los huecos de las vías, trochas, la propia carretera y hasta de obras inconclusas, que le dieron ese matiz político, que ya no faltan en cualquier reunión.

El acontecimiento se desarrolló sin contratiempos, muchas manos desfilaron por la transformación de los jojotos tiernos en masa, pero no para moler como es la costumbre, sino para recoger los canarines que servirían de transporte, para la tendida de las cachapas, debido a que la ingeniosidad del señor de la casa, había dispuesto una práctica mecánica que hacía el trabajo ella solita.

Tampoco se obvió la picada de los quesos de manos, guayaneses, de telita, en fin, había como para darse una buena hartada, tal como sucedió con muchos, que hasta saborearon las tres versiones. Para ello se acompañó igualmente el cochino frito, que le aguó la boca a más de uno, y que se mantuvo fiel a su sabor de antaño.

Un traguito aquí, otro más allá, y en medio de eso, el cuatro tañido, sonoro y relampagueante se hizo eco de los establos, y la vivienda contigua, las voces polifónicas destacaron por su alegoría y hasta los improvisados sacaron su buena tajada melódica, para disfrute quizás de ellos mismos y alguno que otro concurrente, que no le quedó más remedio, que escuchar las improvisaciones que produce el furor etílico.

Actuación discreta pero destacada, se perfiló entre algunos de los asistentes como José Gregorio Rodríguez, su costilla Mariaelena, y el pimpollito de ambos Angelina, que al lado de la “reinita” de toda esa comarca Rebeca Troncoso Trocelt, fueron la atracción principal del encuentro.

Más echando ojo a cuanto animal se moviera, estuvieron atentas la Catira Anchieta y dos genuinas representantes de la capital como lo fueron Jenny Cárdenas y su simpar Colie, quienes le dieron ese colorido oxigenado de cabelleras rubias, y que se sumaron al coro de quejas, que debió soportar el burgomaestre de la zona.

Por otro lado los vecinos de la finca contigua se dieron la lija, de llegar en una Hummer negra, que parecía uno de esos tanques de guerra oxidados y olvidados de la Segunda Guerra Mundial, la cual fue el blanco de las miradas de los comensales y la atracción de la chiquillería, que la asaltaron para retratarse a solas y en cambote, en el capó y detrás del volante, con lo cual dejaron marcadas sus huellas grasosas, previendo una anticipada lavada de la misma.

Al caer la noche taciturna y trashumante, se había cumplido el cometido. Buena había sido la jornada, sobró incluso comida y bebida, como para seguir la parranda al día siguiente, y más que eso se alojó en los recovecos de las mentes suspicaces, la magnífica velada que dejó el momento, como tallado en piedra, y con la firme predeterminación, que esta había sido tan ruidosa e intangible, que debía repetirse con el transcurso de los meses.

Había nacido lo que Mary tuvo como presagio sin quererlo, pero ejecutado con todas las de la ley. La Feria de la Cachapa fue una realidad que surgió de la nada, pero encerró todo.

La idea ahora, era no sólo dejarla en el Baúl de los Recuerdos, sino consolidarla como un hito, como la semilla de la cañafístola llanera y el arestín, que todos los años germinan en las riberas del Caño del Corozo, tal como lo hubieran querido José de Los Santos López y el propio Enrique Anchietta, cuyas presencias parecieron deambular entre los músicos, en las laderas de los lirios de agua y en las imágenes oníricas que se esconden en el amanecer.
Me voy de Feria

Agosto 2009
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Una anticipada reunión familiar desató nuevamente las furias, por realizar esa II Feria de la Cachapa, que ilusionaba a tirios y troyanos del entorno López Trocelt. Se había corrido la voz. La primera celebración no quedó sólo en el gusto, sino en la parranda que se armó, y en las mentes suspicaces presentes y no, que clamaban por repetir tan exquisita experiencia, que avivaba los corazones.

No era para menos, entusiastas y promotores se presentaron a montón esta vez. La fecha que ya había quedado instaurada, se perfilaba para la última semana de ese agosto del 2009, cuando ya los jojotos estarían relampagueando de tiernos con el amarillo pálido, despertando las ensoñaciones gastronómicas, y que pusieron otra vez a suspirar los paladares aguados.

No hubo esta vez el grito de alerta de Isidro Troncoso, fue al revés, se contactó al connotado protagonista de los maizales, a fin de que recogiera cuanto desgranado se apareciera por esos mundos de Dios, y con ello remachar de una buena vez, que la segunda celebración fuera un hecho palpable, para las degustaciones de rigor.

Y hubo hasta diferencias, en cuanto al lugar de la celebración. Iva ya había propuesto que se realizara en la trinchera del Clan, en el propio cuartel general del grupo, para así evitar un trabajo doble, de recoger los cascotes y regresarlos de la finca a regañadientes.

Mientras Fede, Wila y Miki como lugartenientes, ya cuadraban todo lo relativo a las previsiones del acontecimiento, involucrando en ello todo lo relativo a la logística, que se traducía en bastimentos, bebidas, accesorios, suministros, provisiones y abastecimiento de cualquier índole. Nada podía faltar. Bodegas, mercados, licorerías y afines serían de gran ayuda entre tanta propuesta, y sin amilanarse cumplieron con creces tan ardua labor.

Por su parte y un tanto agazapada, Mary se esmeraba en darle nueva forma, a lo que sería una suerte de jurado, pero fue entonces que el bombillo de las ideas la iluminó, para invitar a relevantes chefs y cocineras pueblerinas, para que presentasen sus acicalados platos de tan propicio manjar, que saldría de los fogones caseros, que competían con la humareda del paso del verano.

Y llegó el ansiado día. Ya se tenía dispuesto que unos degustadores sin oficios conocidos al respecto, llevarían la voz cantante entre tanto envidioso, que deseaban colarse para echarle diente a tanta maravilla junta. La calidad estaba más que comprobada en la bandeja, y el colorido de la misma hacía que las papilas gustativas se fueran humedeciendo, tanto que hasta en muchos se evidenciaron los aguacates, que muy apetitosos también acusaban la alta temperatura.

Casi al azar se entronizó un variopinto comité de probadores, muy destacados por su elocuencia en las opiniones que entre mordisco y tragada, se dejaba sentir.

En ese enredo de sonidos guturales, las damas primero como reza el dicho, se encontraron allí en esa tabla de presentaciones, la gocha Sandra que admitió no haber llevado a su boca nunca una cachapa, pero que su sexto sentido le intuía como proceder con la boca llena.

Digna representante de estas lides y no menos vistosa por cualquier lado, Mitalia de Medina se acomodó en un buen lugar, en donde no se le escaparía ni una miga, para decidir sin mezquindades a quienes se les debería otorgar los premios.

Otra de las chicas que no escondía su brillante dentadura afilada, para saborear cuanta aromática se asomara, fue María Cecilia Fernández, quien demostró para que sirve devorar cualquier alimento, sin cuchillo ni tenedor.

No podía faltar a la mesa y por pedido casi al unísono, Isidro Troncoso hizo gala de su inmensa humanidad para despachar una a una las tajadas cachaperas, lo cual casi provocó un motín, con la protesta del resto de los integrantes, quienes pedían por favor, que se repartieran las muestras en partes iguales.

Venido de las tierras guariqueñas, dejando la bata de galeno de lado y ajustándose la franela de juez, Ricardo Requena no se inmutó a la hora de servirse por si mismo el producto del budare, que desde hacía rato le había puesto el ojo, y cuya afición por el bisturí, le sirvió para engullir sin miramientos sus porciones requeridas.

El último de los mohicanos fue Marquito, firme esperanza de la Vinotinto y fiel representante de las minorías adolescentes, quien tampoco dejó de lado, sus consabidas picaderas para emitir entre bocados sus pareceres.

Atenta a cuanto detalle se presentara, entre las comidillas y los roncos susurros de los árbitros, se había dispuesto a Zaida Maneiro como feroz inquisidora, y quien debía velar porque fuera una contienda justa y sin remilgos.

Delante de esta junta supervisora, de quien nadie nunca supo cómo fue elegida y porqué, fueron desfilando las rellenas y acomodadas cachapas onoteñas, que en nada envidiaban las tortas de maíz mexicanas, los waffles norteamericanos del imperio mesmo y las panquecas de origen francés, que sólo han quedado para los tentempiés de última hora para la chiquillería.

Mientras otros catadores de reputada procedencia, sin ningún tipo de monitoreo o restricción, daban cuenta de las frías cebadas, anejos escoceses y hasta uno que otro ejemplar de alambique, que era bueno para la ocasión.

Estos depredadores de cuanta muestra residua se escabullía de las garras del ente calificador, mostraba sus facultades empinando el codo, como si se tratara de echar los pulsos. Allí se arremolinaban entre las sillas de invitados, Abrahám Suniaga, Héctor Medina, José Gregorio Rodríguez, Nelson y Carlos Espinoza, los residentes Ortíz y Mujica, Francisco y Juan Carlos Fernández y Enerio Trocelt, quien velaba por las incidencias del caso en sus correrías de ida y venida por los recovecos del pueblo.

Más allá, el supuesto personal de apoyo que constituían Iva, Miki, Fede y Wila, estaban medio olvidados de sus quehaceres comprometedores, pero si estaban pendientes de la carne que se volteaba en el azadón, además de evitar que el canijo Chuto o alguna iguana prestidigitadora les llevara algún bistec.

A la hora de las proposiciones, que no proporciones, se apareció jacarandosa y dicharachera la Omaira Sarmiento, blandiendo como bandera una fina creación de muchos contrastes, que fue espalillada en menos de lo que canta un gallo, a lo cual sólo se remitió a decir, que era la genuina representación de toda la barriada de Chaparrito.

Muy oronda y con un suave caminar, presentó su prueba María Álvarez escoltada por sus acólitas Miledys, Noris y Rebeca, a quienes se les veía la templanza fuera de serie y con aires de llevarse el premio, a lo que atinaron a decir que la misma era una marca de fábrica de muchos años, y que no escatimaron esfuerzos para el mejor provecho.

Modosita ella, como tanteando el terreno y sacando la cara por la casa hizo su aparición la gran Gelly, quien al ser requerida por su faena se desenvolvió como pez del río Unare, dando recetas a diestra y siniestra, y haciendo gala de un juego de palabras, cosa que tomaron en serio unos asombrados gourmets.

Como quien nunca rompe un plato y destacando por su voz de niña resignada, Miriam Trocelt puso sobre el estante del tribunal de la causa su redonda pretensión, sobre la cual detalló el desgrane inicial, la trituración de rigor y la puesta en la plancha, para obtener el resultado que estaba a la vista de todos.

Las entrevistas, diálogos, conversaciones y toma y dame de preguntas y repuestas con las contendientes, las hacían como atribuciones propias, en forma alterna la grácil Grace y el bonachón de William José que estaban muy moscas, cuando quedaban pedazos muy mal parados.

Con ojos relampagueantes y una medio sonrisa al estilo de las actrices de teatro, se apersonó una simpar Miguelina, floreando una bandeja con la sapiencia exquisita de todo el caserío Chinchoral, y por lo cual se tomó en consideración a la hora de la verdad. De hablar muy pausado, casi sin aliento por la emotividad del ambiente, se apresuró a acotar que lo había hecho con una gran fórmula: el cariño que nunca deja quedar mal a nadie.

La última participante y no menos altiva resaltó en el caso, sus cualidades culinarias, conocidas por muchos de los presentes, como de estirpe ancestral. La Catira Anchietta por ningún motivo así fuera Rojo Rojito, no quiso dejar por fuera el oficio de las ollas y los sartenes dando lo mejor de sí, lo que ya despertaba el eco, que no le sería fácil al bando examinador escoger a la triunfadora.

Si, a la triunfadora, ya que ningún hijo de vecino, por muy macho que fuera, se atrevió o tuvo la osadía de entrar en la justa gastronómica, no se sabe si por el temor a medirse con las expertas cachaperas, o para no ser el blanco de las burlas y las rechiflas de los allí concurridos.

Y pasaron una decenas de minutos, a muchos no les quedaron uñas, a otros si, pero con las ganas de seguir disfrutando de esas delicias y total, al final se conocieron las ganadoras.

La casa ni perdió, ni río al final. Todo quedaba entre familia y amigos, pero lo que si estaba demostrado, era que esos preparados vistosos y suculentos, enaltecieron el orgullo de la cocina tradicional, debido a que cualquiera de las opciones reanimaban el alma, una vez que iban por el camino de la garganta profunda.

Aunque nadie dudó del veredicto y éxito de la II Feria de la Cachapa, si surgió entre visitantes e invitados de ocasión, la chanza del posible fraude, cacerolazos incluidos y amenaza de “guarimbas” en las calles aledañas, que fueron motivos de risotadas y algarabías en el gentío allí reunido.

No faltó algún agazapado, que filtrara la moción de repetir al día siguiente el concurso, no para devolver a las agraciadas con sus laureles, sino para darse nuevamente el gustazo de saborear una cachapa recién hecha, con los infaltables quesos, el cochino frito, excelente para el colesterol, el aguacate de baranda y hasta aquel atrevimiento muy original por cierto, de los camarones que se entremezclaron en los contornos ya preconcebidos.

La palabra final la tuvo la siempre sonriente y guachamarona Zaida Maneiro, que con voz solemne, como si tratara de responder ante el propio altar o paredón de juicio lo que allí sucedió, entronizando en una sola frase el cierre del certamen: lo apruebo.
Agosto 2010
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Los invitamos a la gran Feria de la Cachapa agosto 2010